Cada hora te aquietas durante un minuto y pasa un momento de recogimiento con el pensamiento que empezó el día, cierra los ojos y las repites lentamente para tus adentros.
«Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.»
(135) «Si me defiendo he sido atacado.»
(136) «La enfermedad es una defensa contra la verdad.»
Toda defensa es un ataque. Y es un ataque contra la verdad que somos. Es la negación que el Hijo de Dios es invulnerable y eterno. Es la falsa creencia que algo o alguien nos puede hacer daño o destruir. El miedo y la culpa son los pensamientos que alimentan tales creencias.
La defensa siempre es un mecanismo del ego. En Dios y en el estado del Cielo no existen conceptos tales como defensa y ataque. El Amor en su eternidad es invulnerable, «nada real puede ser amenazado» ¿entonces que puede ser amenazado? Lo que no es real, lo que necesita justificarse, lo que se considera vulnerable, que cree que puede desaparecer o morir: nuestro ego, nuestra mente falsa, que, al proyectar sus culpas sobre sus hermanos, se queda esperando con miedo un contra ataque. Cuando proyectas la culpa sobre tu propio cuerpo, das lugar a la enfermedad. Tanto la enfermedad como el ataque son defensas contra la verdad.
Somos los perfectos e impecables Hijos de Dios, y es esa nuestra única verdad. Todo aquel que sabe quién realmente es, no se defiende, pues sabe que ello conduce a un ataque, y niega lo que es. De lo único que te tienes que «defender» son de tus propios pensamientos de culpa y miedo. Perdónalos y el miedo desaparece junto con las defensas que habías construido. Quien sabe realmente que es, simplemente enseña su amor y su inocencia, ahí radica su fortaleza y su seguridad; pues se reconoce como una mente ilimitada, eterna e invulnerable, no se identifica con el cuerpo, ni lo defiende, pues sabe que el cuerpo no es real.
Las ilusiones simplemente se deshacen a través del perdón, para que brille la verdad y el amor, en ese momento descubres y disfrutas de una seguridad y de “una paz que sobrepasa todo entendimiento,” pues es una paz que no es de este mundo, es la paz que llega desde la eternidad a recordarte que ella eres tú.
Para escuchar la Reflexión de la Lección 148 conJ. Pellicer