Lección 212 Ucdm

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

Lección 212 Ucdm:  Repaso de la Lección 192

1.- Tengo una función que Dios quiere que desempeñe.

Busco la función que me ha de liberar de todas las vanas ilusiones del mundo. Solamente la función que Dios me ha dado puede ofrecerme libertad. Eso es lo único que busco y lo único que aceptaré como mío.

 

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Comentario a la Lección 212 por J, Mejía Peral:

Cuando la mente eligió prestar atención al mundo material, al mundo de la percepción, estableció un “velo” que lo llevó a creerse separado de su verdadero origen. Esa conciencia de separación, lleva a la mente a la visión de la culpabilidad, y al miedo a la soledad. La situación previa a este estado era bien diferente pues, su evolución estaba en conexión directa con la Divinidad. Este estado de la evolución de la Humanidad se conoce como Paraíso Terrenal o Edén. El Hijo de Dios, gozaba de la visión unitaria que lo mantenía unido a su Creador y al resto de la Filiación. Disfrutaba de la protección de su Hacedor y su condición natural era la Plenitud.

Con la separación, con el acto volitivo de “conocer”, el Hijo de Dios se desconecta de la divinidad, cree romper el cordón umbilical que lo mantenía unido a su Padre, y percibe una nueva realidad, con la que se identifica y a la que le otorga el poder de su propia identidad. En esa ilusoria realidad que le ofrece el mundo de la percepción, el ego, necesita comprender cuál es su función. Fabrica un mundo, su propio mundo, de acuerdo a sus necesidades internas. Proyecta su mundo interno, sus pensamientos y sentimientos, en el mundo externo y comienza a ver reflejado en los demás aquello que forma parte de su propia realidad. Se siente culpable y proyecta su culpa sobre los demás, haciendo que el otro sienta culpa. Siente miedo, se siente vulnerable, se percibe como un pecador, y proyecta toda su ira, su cólera, su temor, sobre el otro, en un intento de ataque para protegerse del otro.

Siente que su culpa le exige liberación y busca en las relaciones especiales, la vía del sacrificio y del sufrimiento, en un intento de ganar el perdón de aquellos a los que hemos atacado en un acto de defensa o venganza. En lo más profundo de su ser, el ego, busca encontrar la única función que le aporte paz interior; que le aporte un sentido a su vana existencia. Busca ser perdonado por Dios, pues cree que su alma está condenada al dolor y al padecimiento, por el hecho de haber pecado. Pero para conseguir esa paz interior, el ego, tendrá que renunciar a su poder, a su hegemonía, tendrá que ceder su fuerza a la verdadera autoridad, al Espíritu. Su liberación ha de llevarle a creer en la inocencia; ha de llevarle a perdonar al Hijo de Dios y abrirle la puerta para que tome asiento en su verdadero Hogar. Cuando decidimos ver desde la unidad, el perdón, en el mundo de las formas, se convierte en nuestra única función. Independientemente del trabajo en el que nos encontremos ocupados, independientemente, del cargo que ejerzamos en nuestras ocupaciones, no podemos olvidar que nuestra única función es perdonar. En la medida en que desarrollemos nuestra función, en esa justa medida, seremos testigos del proceso de liberación que experimentará el mundo.


Reflexión: El perdón como ejercicio práctico de conducta diaria,

«perdonar es mi función y mi Padre quiere que la desempeñe».

No soy un cuerpo. Soy libre. Pues aún soy tal como Dios me creó.

Tengo una función que Dios quiere que desempeñe

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