Cada hora te aquietas durante unos minutos pasando un momento de recogimiento con el pensamiento principal del día, cierra los ojos y repites para tus adentros lo siguiente:
«Mi mente alberga sólo lo que pienso con Dios.»
(125) «En la quietud recibo hoy la Palabra de Dios.»
(126) «Todo lo que doy es a mí mismo a quien se lo doy.»
Haremos una meditación de 5 minutos por la mañana y noche, repitiendo en primer lugar el pensamiento que hizo de ese día una ocasión especial de bendición y felicidad para nosotros, y que, mediante nuestra fe, sustituyó en el mundo la oscuridad por la Luz, el gozo por los pesares, la paz por el sufrimiento y la santidad por el pecado.
Recordemos que el ego se manifiesta, habla, hace y se expresa a través del cuerpo. Para el ego, la quietud y el silencio se equiparan con la muerte. Contrariamente, nuestra mente real, nuestro Ser se manifiesta cuando aquietamos el cuerpo y la mente, cuando entramos en silencio, en ese momento aparece nuestra mente observadora, la que contempla el mundo que inventamos y sin hacer nada, sin emitir ningún juicio, escucha a la Voz que habla por Dios decidirte: «hijo mío, eso que ves no es real», y desde el fondo de tu Ser sonríes mientras las ilusiones se van desvaneciendo de tu mente, y así despiertas del sueño de separación.
Y te vas dando cuenta que somos una sola mente, y que todo lo que das es a ti mismo a quien se lo das, y que cuando solo das amor todo el universo responde con una danza infinita de paz y dicha, y en ese preciso momento «descubres» (pues ya lo sabias) que no existe nada más que el Amor y no existirá nada más que ese gozo eterno de Ser. Amen.
Escucha la Reflexión de la Lección 143 conJ. Pellicer